Yo me preguntaba el motivo del éxito de Josefina en sus clases (1) hasta que encontré la respuesta: sabe que enseñar es un acto esencialmente teatral.
Y también lo es, por ende, enseñar filosofía. La filosofía se centra en la noción de teoría. Teoría significa en griego ‘mirar’, ‘contemplar’, y esto es lo que hacía en Grecia el espectador de los juegos y festivales públicos y del teatro. El teatro no podría existir sin el espectador, no solo porque el espectador contempla sino porque también interviene. Y el actor tiene que enseñarle a contemplar e intervenir.
Además de enseñar, Josefina escribe libros. Vamos a detenernos en uno de ellos: El Poder de las Ideas, editado por Biblos en 2004. Narra la autora que en sus cursos suele formular esta pregunta: ¿de qué está hecha la Torre Eiffel? Los alumnos dan respuestas diversas. De acero. No. De hierro. No. De cobre. No.
La respuesta es: de aire. ¿Cómo de aire? Porque de no ser por el aire, la torre sólo sería una larga pirámide maciza y opaca. La torre es lo que es por una sabia proporción donde el hierro se combina con el aire.
Pero el aire no se ve. Percibir el aire es un esfuerzo. Como diría Hegel, es resultado de la mediación, de desviar la mirada; llegar a la esencia de la torre visible requiere detenerse en lo no visible. O dicho de otro modo: para alcanzar el núcleo es menester pensar lo no pensado, dice Josefina evocando a Heidegger.
Pensar lo no pensado consiste en captar la presencia en el modo de la ausencia. Percibir ese fondo, ver el aire del paradigma moderno, es el salto para ir en busca de otro paradigma. El poder de las ideas es el aire de las ideas.
Un pensador clave para Josefina es Edgard Morin. Francés, nacido en 1921, a los treinta años fue expulsado del Partido Comunista porque no digería el materialismo dialéctico. Liberado de la “mala fe” que lo había mantenido sujeto al Partido, pudo dar cauce a su propio pensamiento. Sabe que ninguna revolución suprimirá jamás las contradicciones de la vida y de la historia.
Morin se enfrenta con el paradigma de simplicidad, cuya tesis radica en buscar el orden del universo en un solo principio, una ley que sea la base de todo; y postula trabajar con el paradigma de la complejidad. Acá llegados debemos evitar dos confusiones. Una confusión es suponer que la complejidad lleva a eliminar la simplicidad y por lo tanto no le interesa el orden, ni la claridad. La otra confusión es entender complejo como sinónimo de completo o lleno.
Si digo que el ser humano es un ser complejo, o la arquitectura es un arte complejo, eso no quiere decir que ya he completado todo cuanto se puede decir sobre el ser humano o sobre la arquitectura; un conocimiento completo, en rigor, sería imposible, porque entonces se terminarían la investigación y el aprendizaje.
La base de la complejidad es que las cosas y los seres vivientes no se explican por un solo principio ni por una sola ley. En el caso de espíritu-mundo, dice Morin, el espíritu está en el mundo y el mundo está en el espíritu. Parece un juego de palabras, pero no lo es.
El paradigma de la complejidad critica la idea de que el mundo es un todo matemáticamente ordenado, o sea, rechaza la filosofía del orden perfecto. En los dos últimos siglos, afirma Josefina siguiendo a Morin, la ciencia se ha convertido en una ortodoxia. Pero si preguntamos ¿qué es la ciencia? nos damos cuenta de que esta cuestión no tiene respuesta científica. La ciencia es un método para conocer las cosas, pero no hay un método científico para estudiar a la ciencia misma.
La ciencia, entonces, es una parte de la sociedad que lleva en sí el todo de la sociedad. ¿Y cómo lo lleva? Lo lleva hologramáticamente; este extenso vocablo no figura en el Diccionario de la Real Academia, pero hay un vocablo más breve e idóneo para el caso: holograma.
Se llama holograma a la imagen óptica obtenida mediante la holografía y holografía es la técnica fotográfica basada en el empleo de la luz producida por el láser. Cuando después de revelar la foto la miramos, vemos que se forma un objeto tridimensional, por ejemplo, en las tarjetas de crédito.
¿Qué ha sucedido? Cada elemento de la foto es portador, o sea, lleva en sí mismo la totalidad de la foto. En griego hólos significa ‘entero’ y ‘todo’.También en los organismos vivos cada célula contiene en sí, genéticamente, el engrama o plan del organismo entero, y esto hace factible la reproducción por clonación.
Por lo tanto, debemos pensar que cada objeto es no algo aislado sino más bien como una red: un auto no es sólo un auto, requiere combustible, esto involucra a empresas que extraen petróleo, transformado luego en nafta, además el auto ha sido fabricado con ingenieros y operarios mediante diseños, supone un suelo, ruta o camino, asfalto o tierra y dinero para comprarlo y venderlo, etc.
Tenemos, pues, un principio de organización que podría formularse así: el todo está implicado en cada una de las partes y cada parte a su vez implica el todo. O con redacción más breve, el todo está en la parte que está en el todo. Nada es lo que es, cada cosa es más de lo que es, dice la escritora Marguerite Yourcenar(1903-1987), citada por Regnasco.
La autora se ocupa también de Hans-Georg Gadamer, pensador alemán (1900-2002), que se centra en la hermenéutica, vocablo griego que significa ‘interpretación’. Gadamer ha elaborado una filosofía de la experiencia lingüística, de estilo dialéctico-especulativo, configurada en un ethos viviente, o en palabras más llanas, instala la hermenéutica como filosofía práctica y pide una nueva autocomprensión del hombre.
Hacia el final del volumen aparece Friedrich Nietzsche (1844-1900), cuya filosofía está hecha de intuiciones fulgurantes. Lo que cuento, escribe Nietzsche, es la historia de los dos próximos siglos. Esa historia describe la llegada del nihilismo.
Y Regnasco señala que hoy vivimos un nihilismo diferente, la cultura del nanosegundo. En el afán por dividir el curso temporal, el ser humano ya trabaja con el nanosegundo, que es la milmillonésima parte de un segundo, o sea 10 elevado a la -9.
Por primera vez en la historia, señala Josefina, el tiempo se organiza con una pauta que sobrepasa el nivel de la conciencia. La conciencia vive enferma de velocidad.
Esta vida, dice Nietzsche, habrás de vivirla nuevamente. Es la teoría del Eterno Retorno de lo igual: Todo cuanto existe y cuanto sucede en este instante, sea en la naturaleza, sea en la vida humana, ha existido y ha sucedido ya, exactamente como ahora, infinitas veces; y otra vez, como ahora, volverá a suceder; y así siempre. El curso del mundo regresa eternamente, idéntico hasta en los detalles más nimios. Esta teoría, de discutible solidez desde la perspectiva cosmológica, tiene no obstante un trasfondo ético: exige vivir cada instante con plena intensidad de modo que su infinita repetición sea un anuncio de divina alegría.
Y Regnasco se pregunta: ¿Qué le respondemos al profeta del Eterno Retorno en la era del nanosegundo?
Y acá se impone un pequeño rodeo. El libro de Regnasco se relaciona con otro anterior suyo, que lleva un título de resonancia kantiana: Crítica de la Razón Expansiva, también publicado por Biblos en 1995.
Y así como Kant pone bajo la lupa, el conocimiento humano, Regnasco pone bajo la lupa la idea de progreso. La noción de progreso preside como un imperativo la estrategia de nuestro tiempo, hemos llegado a creer que el ser humano está destinado a posibilidades infinitas y que cuestionar esto equivaldría a negarle al ser humano la capacidad de vencer obstáculos. Vivimos en el paradigma del progreso indefinido.
¿Por qué hemos llegado a esto? Porque la razón moderna, para la cual el espacio y el tiempo son homogéneos e infinitos, ha desplegado una especie de impulso que latía en su seno y, convertida en razón científico-técnica, es el motor de una formidable máquina de producir... que desemboca en una máquina de destruir.
El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) hablaba hacia 1929 del “imperialismo de la física”, bien podemos hablar hoy del imperialismo de la razón científico-técnica. La obsesión de esta razón es expandirse ilimitadamente.
Y escribe Regnasco: a la seducción actual, que exclama “Llega ser todo lo que quieras”, estaría bien oponer el apotegma griego formulado por el poeta Píndaro: “Llega a ser lo que eres”.
Vale la pena conocer el secreto de Josefina.
Platonis
(1) María Josefina Regnasco ha dado clases, entre otros lugares, en la Universidad de Buenos Aires, el Instituto Superior del Profesorado “Joaquín V. González” y la Universidad de La Plata. Actualmente lo hace en la Universidad Abierta Interamericana.
sábado, 9 de febrero de 2008
sábado, 15 de diciembre de 2007
La Modalidad también Existe
Veamos estas proposiciones: 1) Edmundo nació en Rosario. 2) Es posible que Adriana viaje a Mendoza. (Para simplificar la lectura, uso el vocablo proposición como sinónimo de lo que solía llamarse juicio y ahora suele llamarse enunciado.)
Y bien. ¿Qué sucede con la proposición 1) con respecto a la verdad? Pues lo siguiente: dicha proposición es o bien verdadera o bien falsa. En todos los casos de este tipo se enuncia una proposición que es verdadera sin más o es falsa sin más. No hay valores intermedios, o si se quiere, no hay matices.
Pero en la vida cotidiana matizamos. En la vida cotidiana decimos, p. ej., “Quizás le regale un libro”; y esta afirmación ¿es verdadera cuando efectivamente regalo el libro y es falsa cuando no lo regalo? No parece muy lógico sostener que es falsa cuando no lo regalo, pues yo no dije “Le regalo un libro”, sino “quizás” o sea “es posible”.
Es lo que sucede con la proposición 2). Dicha proposición tiene algo más que la proposición 1), tiene la expresión “es posible que” y esta expresión o cláusula se llama modalidad o también operador modal. El Diccionario de la Real Academia Española, en el vocablo modalidad dice: modo de ser o de manifestarse una cosa.
Ahora aceptemos que P simboliza “Regalo un libro “ o “Adriana viaja a Mendoza”. El operador modal se coloca antes de la proposición. Entonces la estructura lógica de los ejemplos del tipo 2) será así: “Es posible que P”.
Como sabemos, a toda proposición se le puede aplicar la negación. ¿Y cuál sería la negación de “Es posible que P”? Una respuesta podría ser esta: “Es posible que no P”. Pues no. Lo correcto es “No es posible que P”. En otras palabras, la negación se obtiene negando la modalidad.
Hay otras tres modalidades: “es necesario que P”, “es imposible que P” y “es contingente que P”. En la temática modal puso su ojo certero, como en tantos otros asuntos de la filosofía, ese enorme pensador que se llama Aristóteles (384 – 322 a.C.).
Desde entonces hasta hoy han corrido las aguas filosóficas. En esas aguas navega con precisión conceptual y fuentes bibliográficas de primera mano la filósofa tucumana María Josefina Norry en su libro Modalidad Lógica y Ontológica (Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 2006).
Despliega allí Norry una escritura sin excesivo tecnicismo. Sabe brindar al lector en cada capítulo el meollo del asunto. Pero sabe ante todo dos cosas. Una, que la ontología o metafísica sigue siendo el corazón de la filosofía y si bien ese corazón ha tenido sus dolencias, sigue latiendo como en los días inmortales de los griegos. La otra, que la lógica no es el órgano de ninguna escuela filosófica sino un instrumento de análisis riguroso y neutral.
He encontrado en la modalidad, confiesa Norry, una especie de extraña piedra filosofal, no porque convierta en oro cuanto toca, sino porque ilumina con nueva luz los problemas de la filosofía.
El libro tiene cuatro partes. La primera es un deslinde semántico, Se destacan las modalidades aléticas, del griego aletheia, que significa verdad, no solo en el sentido de adecuación del enunciado con la realidad sino en el más amplio de descubrimiento, develación, esto es, levantar el velo de la apariencia. Desde el vamos nos sale al encuentro la dimensión ontológica.
La segunda parte, la más extensa del volumen, trae un desarrollo histórico, a partir de Aristóteles. Tras El Estagirita desfilan la escuela megárico-estoica de Diodoro Crono y , Crisipo; luego el epicureísmo, con el célebre poema de Tito Lucrecio Caro. También los medievales, Abelardo, Alberto Magno, Guillermo de Shyreswood, Pedro Hispano, el Pseudo Escoto y Santo Tomás de Aquino.
En la Edad Moderna, señala la autora, hay una especie de paralización de la lógica formal. Norry estudia la modalidad en Leibniz y en Kant.
En la filosofía contemporánea destaca a Nicolai Hartmann (1882-1950), por algo una afirmación de este pensador encabeza el libro: Las decisiones fundamentales de la metafísica se toman siempre en el terreno de la modalidad. Y no podía faltar la referencia al Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein (1889-1951).
Al cerrar el enfoque histórico la autora adhiere a la filosofía del estadounidense Samuel Kripke (nacido en 1940), quien ha elaborado una semántica a partir de Leibniz. Para Kripke, ser algo verdadero significa ser verdadero en algún mundo posible; y ser algo necesariamente verdadero significa ser verdadero en todos los mundos posibles.
La tercera parte trata los sistemas de lógica y la cuarta y última aborda la relación modal entre lógica y ontología, hilo conductor del volumen. ¿La necesidad es solo lógica, basada en principios que previamente postulamos? ¿O hay en la realidad sucesos necesarios, que no dejarán de ocurrir sean cuales fueren nuestros discursos sobre tales sucesos?
La cuestión de la lógica modal no puede ser resuelta de espaldas a la metafísica, dice Norry, y entonces la noción de necesidad lleva al tema de determinismo y libertad.
Se inclina Norry por un determinismo moderado, donde se afirma que todos los sucesos tienen causas, si bien por cierto no siempre las conocemos; algo totalmente diferente del fatalismo, según el cual los hechos acontecen al margen de nuestras decisiones. El determinismo moderado es compatible con la libertad humana.
El libro tiene un prólogo del destacado filósofo Roberto Rojo, profesor emérito de la Universidad de Tucumán, de quien Norry es discípula. Hubiera sido útil añadir una tabla de autores y materias.
Platonis
Este artículo reproduce, con modificaciones, el publicado en La Gaceta de Tucumán el 29 de julio de 2007.
Y bien. ¿Qué sucede con la proposición 1) con respecto a la verdad? Pues lo siguiente: dicha proposición es o bien verdadera o bien falsa. En todos los casos de este tipo se enuncia una proposición que es verdadera sin más o es falsa sin más. No hay valores intermedios, o si se quiere, no hay matices.
Pero en la vida cotidiana matizamos. En la vida cotidiana decimos, p. ej., “Quizás le regale un libro”; y esta afirmación ¿es verdadera cuando efectivamente regalo el libro y es falsa cuando no lo regalo? No parece muy lógico sostener que es falsa cuando no lo regalo, pues yo no dije “Le regalo un libro”, sino “quizás” o sea “es posible”.
Es lo que sucede con la proposición 2). Dicha proposición tiene algo más que la proposición 1), tiene la expresión “es posible que” y esta expresión o cláusula se llama modalidad o también operador modal. El Diccionario de la Real Academia Española, en el vocablo modalidad dice: modo de ser o de manifestarse una cosa.
Ahora aceptemos que P simboliza “Regalo un libro “ o “Adriana viaja a Mendoza”. El operador modal se coloca antes de la proposición. Entonces la estructura lógica de los ejemplos del tipo 2) será así: “Es posible que P”.
Como sabemos, a toda proposición se le puede aplicar la negación. ¿Y cuál sería la negación de “Es posible que P”? Una respuesta podría ser esta: “Es posible que no P”. Pues no. Lo correcto es “No es posible que P”. En otras palabras, la negación se obtiene negando la modalidad.
Hay otras tres modalidades: “es necesario que P”, “es imposible que P” y “es contingente que P”. En la temática modal puso su ojo certero, como en tantos otros asuntos de la filosofía, ese enorme pensador que se llama Aristóteles (384 – 322 a.C.).
Desde entonces hasta hoy han corrido las aguas filosóficas. En esas aguas navega con precisión conceptual y fuentes bibliográficas de primera mano la filósofa tucumana María Josefina Norry en su libro Modalidad Lógica y Ontológica (Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 2006).
Despliega allí Norry una escritura sin excesivo tecnicismo. Sabe brindar al lector en cada capítulo el meollo del asunto. Pero sabe ante todo dos cosas. Una, que la ontología o metafísica sigue siendo el corazón de la filosofía y si bien ese corazón ha tenido sus dolencias, sigue latiendo como en los días inmortales de los griegos. La otra, que la lógica no es el órgano de ninguna escuela filosófica sino un instrumento de análisis riguroso y neutral.
He encontrado en la modalidad, confiesa Norry, una especie de extraña piedra filosofal, no porque convierta en oro cuanto toca, sino porque ilumina con nueva luz los problemas de la filosofía.
El libro tiene cuatro partes. La primera es un deslinde semántico, Se destacan las modalidades aléticas, del griego aletheia, que significa verdad, no solo en el sentido de adecuación del enunciado con la realidad sino en el más amplio de descubrimiento, develación, esto es, levantar el velo de la apariencia. Desde el vamos nos sale al encuentro la dimensión ontológica.
La segunda parte, la más extensa del volumen, trae un desarrollo histórico, a partir de Aristóteles. Tras El Estagirita desfilan la escuela megárico-estoica de Diodoro Crono y , Crisipo; luego el epicureísmo, con el célebre poema de Tito Lucrecio Caro. También los medievales, Abelardo, Alberto Magno, Guillermo de Shyreswood, Pedro Hispano, el Pseudo Escoto y Santo Tomás de Aquino.
En la Edad Moderna, señala la autora, hay una especie de paralización de la lógica formal. Norry estudia la modalidad en Leibniz y en Kant.
En la filosofía contemporánea destaca a Nicolai Hartmann (1882-1950), por algo una afirmación de este pensador encabeza el libro: Las decisiones fundamentales de la metafísica se toman siempre en el terreno de la modalidad. Y no podía faltar la referencia al Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein (1889-1951).
Al cerrar el enfoque histórico la autora adhiere a la filosofía del estadounidense Samuel Kripke (nacido en 1940), quien ha elaborado una semántica a partir de Leibniz. Para Kripke, ser algo verdadero significa ser verdadero en algún mundo posible; y ser algo necesariamente verdadero significa ser verdadero en todos los mundos posibles.
La tercera parte trata los sistemas de lógica y la cuarta y última aborda la relación modal entre lógica y ontología, hilo conductor del volumen. ¿La necesidad es solo lógica, basada en principios que previamente postulamos? ¿O hay en la realidad sucesos necesarios, que no dejarán de ocurrir sean cuales fueren nuestros discursos sobre tales sucesos?
La cuestión de la lógica modal no puede ser resuelta de espaldas a la metafísica, dice Norry, y entonces la noción de necesidad lleva al tema de determinismo y libertad.
Se inclina Norry por un determinismo moderado, donde se afirma que todos los sucesos tienen causas, si bien por cierto no siempre las conocemos; algo totalmente diferente del fatalismo, según el cual los hechos acontecen al margen de nuestras decisiones. El determinismo moderado es compatible con la libertad humana.
El libro tiene un prólogo del destacado filósofo Roberto Rojo, profesor emérito de la Universidad de Tucumán, de quien Norry es discípula. Hubiera sido útil añadir una tabla de autores y materias.
Platonis
Este artículo reproduce, con modificaciones, el publicado en La Gaceta de Tucumán el 29 de julio de 2007.
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